Acompañamiento pedagógico El Vuelco del Cangrejo
El Vuelco del Cangrejo

Pacífico: tierra de todos


¿A quién pertenece la tierra?

Lucía conoce la ancha playa y sus gentes. Observadora, no se le escapa nada de cuanto ocurre alrededor, ni siquiera los estados del alma. ¡Qué habilidades! Está en juego llegar a la adultez. Lucía cuida de otros; traba amistad con foráneos; busca clientes al almuerzo de mamá; un tarro para atrapar cangrejos (alimento) hace parte de su imagen. Es nativa de La Barra. Comunidad de afrodescendientes, como las vecinas Juanchaco y Ladrilleros, en la misma bahía, Málaga, área protegida.

Los ancestros de esas comunidades se instalan en el litoral Pacífico desde el siglo XVI. Así y todo, a sus descendientes, extraños que llegan a explotar los recursos naturales les disputan la tierra que siempre han poseído. La ley que promete título de propiedad no se cumple a cabalidad. Los nativos perciben la paradoja de un “progreso” que va contra la biodiversidad y el paisaje, esenciales en sus vidas. El sustento se afecta y ni qué decir de los sentires y tradiciones. El trabajo artesanal compite con la tecnología moderna; el cemento desafía las costas y sus casas de madera. Pero voces, bongos y marimbas resisten; como el viche, siguen acompañando rogativas y celebraciones. Son problemas que, como el de la educación o la ausencia del Estado, ponen a los pobladores frente a sí mismos, sus derechos y necesidad de organizarse. El consejo, máxima autoridad en la comunidad, es decisivo en sus procesos de autogestión.

Aquí no pasa nada. Desempleados, Israel y Miguel solo esperan irse. Hasta Lucía pide que se la lleven, aunque no sepa para dónde. Quedan pocos a los que les interesa qué sea de su caserío.

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La pesca


¿Se acaban los pescadores?

Se puede pensar que los nativos de La Barra están muy bien alimentados porque se la pasan comiendo pescado, pues con ir al mar lo cogen a manos llenas. Cerebro, fuente confiable, dice que el pescado se acabó y que así castiga la naturaleza a los que pescan de todo, sin cuidar qué es lo que pescan, así como a los que pescan y pescan y más pescan, sin dar tiempo a que el mar reponga lo pescado.

A diario se tiene noticia de tortugas atrapadas en redes abandonadas por pescadores en altamar. O de cientos de miles de peces que llegan muertos a las playas. O de aves heridas de muerte por anzuelo de palangre. Hechos como estos son atribuibles a la falta de políticas de los gobiernos, a la negligencia y a un “qué importa eso” de involucrados en la industria pesquera. La pesca ilegal (de especies protegidas) y la sobreexplotación de recursos cada vez más escasos, llegan a comprometer la supervivencia de muchas especies animales; y las malas prácticas, degradan los hábitats marinos. Un ejemplo de lo que no debe hacerse es la pesca de arrastre que, con redes de hasta 2 km. de largo y sus pesados aparejos, recoge las especies objetivo más todo lo que encuentra a su paso en fondos del mar. Es el método menos selectivo. En kilos, lo que se comercializa es muy inferior a los animales atrapados y, muertos, devueltos al mar.

La comunidad de Cerebro, costera y tradicionalmente pesquera, es otra damnificada del deterioro de los ecosistemas marinos. Hay que cambiar de oficio, como vender pipas. La alimentación se empobrece; a falta de pescado, a comer arroz, o con papa china o con plátano o solo arroz.

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Turismo


¿Qué hace del litoral Pacífico colombiano un destino turístico?

Unos amigos le recomiendan a Daniel que en La Barra busque a Cerebro, que vive de alojar turistas. Hospitalario, Cerebro atiende al recién llegado. La casita, integrada al entorno, se levanta sobre la arena: ligera, fresca, con hamaca y techo de corteza vegetal.

El Pacífico colombiano es un destino turístico especialmente elegido por personas deseosas de “volver a la naturaleza”. Es fácil encontrar un lugar donde los alimentos se preparan con agua lluvia y en fogón de leña, y se conversa a la luz de la vela. Con el mar de frente y la selva a la espalda, basta. Vida pura, vegetal y animal por donde se mire, diversa y rica en contrastes. Las comunidades allí asentadas ¡cuán generosas y tranquilas, alegres y musicales son! El sonido de sus cantos y marimbas atraen como el enigmático sonido de las ballenas. Tras ellos llega el viajero, para oírlos.

El potencial turístico del área atrapa otra mirada, la del empresario que capta a turistas muy distintos. Los que solo quieren lo “fácil, bonito y divertido”. Toca adaptar el entorno para que sea rentable montar la mole de cemento, con piscina, bailadero y todo. Dotación y alimentos llegan del otro lado de la cordillera, trayendo consigo materiales que contaminan hasta el gusto vernáculo. Incluso las tradiciones se distorsionan con la comercialización turística. El escaso pescado es caro, así que se guarda para el consumidor. El nativo paga un precio muy alto por un turismo que trastoca el modo y ritmo de su vida, no le es tan claro que siempre le traiga bien. El negocio es para El paisa, que se lleva la plata de acá, piensa Cerebro.

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El mar y el humano


¿Cómo es la relación hombre-mar-luna?

Lucía y Daniel van por la playa, cada vez a mayor velocidad. Humanos en perfecta armonía con el mar, no hay tensión. El mar tampoco está quieto. En las playas son visibles los cambios de nivel del mar. La marea se experimenta como subida del nivel del mar cuando avanza la línea costera y la playa se angosta. A este fenómeno se le conoce como “marea alta”; en el litoral Pacífico, como “la puja”. Al opuesto se le llama “marea baja”, o “la quiebra”: si el agua retrocede y la playa va recuperando su anchura, es que el nivel del mar baja.

Las mareas son oscilaciones periódicas de la superficie del mar, como sus “parientas” las olas. En unas y otras se transmite el movimiento, no el agua. Piénsese en las oscilaciones de un látigo cuando se produce un movimiento brusco en uno de sus extremos. Distinto pasa con las corrientes marinas, que son movimientos no periódicos de traslado o arrastre de masas de agua. Las mareas tienen que ver con el sol y la luna. Sobre todo con la fuerza de atracción de la luna, con el sol también pero más poquito. Según la fase, sea luna nueva o llena, creciente o menguante, las mareas son más grandes o más pequeñas.

A orillas del mar, se vive al ritmo de olas y mareas. No puede ser de otro modo, hasta los animales se comportan distinto y el paisaje se modifica en cuestión de horas. Del tiempo de “la quiebra y la puja”, depende que se salga a pescar, qué se pesca, que se vaya en canoa o a pie, que haya comida. Cerebro ama el mar y conoce sus fuerzas. Sabe que “él es el que manda”. Llega a La Barra porque tiempo atrás el mar acaba con su caserío.

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